viernes, 15 de febrero de 2013

¿PRESIDENTE TRAIDOR?

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MARIANO IGNACIO PRADO OCHOA

Político y militar peruano nació en Huánuco el 18 Julio 1826 y falleció en París el 05 Mayo 1901.
Recibió  el grado de general de división del ejército chileno, además de una pensión vitalicia mensual. Grado y pensión a los que tuvo que renunciar declarada la guerra por Chile. Compadre del presidente chileno Aníbal Pinto.
“El viaje del general Prado no significa más que una vergonzosa deserción”.
El Comercio, Lima, 19 de diciembre de 1879 (Caivano 1904, 346)


CHILE DECLARA LA GUERRA

1.- Los problemas Chileno Bolivianos

En 1879, el Perú no tenía por el sur, límites con Chile, sino con Bolivia la cual era poseedora del departamento de Atacama o del Litoral el que estaba constituido por el dilatado desierto de Atacama y tenía como capital el puerto de Antofagasta. En 1840 se descubrieron depósitos de guano cerca de Mejillones. Desde 1860, dos empresarios chilenos descubrieron en esa región ricos yacimientos de salitre y de bórax, habiendo logrado que el gobierno boliviano les otorgara concesión con exclusividad para su explotación,  durante quince años. En 1870 otro chileno descubrió en el interior del desierto en  Caracoles, una rica mina de plata. A lo largo de los años, una gran cantidad de mineros chilenos fue llegando para trabajar en esos yacimientos. Los mineros bolivianos acostumbrados a su elevada y fría meseta no se sintieron atraídos por esas fuentes de trabajo. Fue así como a la vuelta de pocos años, la provincia de Atacama estaba habitada casi totalmente por trabajadores chilenos.

Chile ambicionaba  Atacama y desde 1860 venía proponiendo su compra a Bolivia, o la permuta con territorios peruanos, pues entre los dos países se proponían desmembrar el sur del Perú.

Desde 1866, se descubrieron  en el departamento sureño de Tarapacá, lindante con Bolivia, yacimientos de salitres. Eso parecía ser una suerte para el Perú, pues la nueva riqueza reemplazaba a la del guano que había sido dilapidada. Se formaron compañías explotadoras inglesas, arequipeñas y chilenas, estas últimas en menor proporción. En 1868 se creó un impuesto de cuatro centavos por quintal de salitre exportado y en 1873 se creó el Estanco del Salitre, por  el cual   las empresas explotadoras debían  de  vender  el  producto  al  Estado  Peruano  a  S/. 2,40 el quintal,  debiendo salir el mineral por el puerto de Iquique. En caso  que el gobierno del Perú lograse vender el salitre a mayor precio que S/. 3.10, se aumentaría también el precio de compra a las empresas. Esto no fue bien visto por las empresas que fomentaron disturbios por lo cual el gobierno peruano envío a Iquique, a las naves «Atahualpa» y «Manco Capac». Las empresas ofrecieron pagar un impuesto de 15 centavos por quintal de salitre exportado, pero el gobierno no aceptó. En Tarapacá el gobierno peruano tenía el total control de la situación, lo que no ocurría con Bolivia en el departamento de El Litoral.

En 1866, en plena guerra contra España, Chile y Bolivia  celebraron un tratado, por el cual los limites dejaban de ser el paralelo 25° para retroceder  en perjuicio de Bolivia  hasta el paralelo 24°. Y eso no era todo, sino que se acordó que los impuestos de exportación  de yacimientos situados entre los paralelos 24° y 23° se repartirían  por igual, es decir que prácticamente era una soberanía compartida entre ambos países.

En el tratado había otra cláusula de acuerdo a la cual, en caso de desear  vender  parte de territorios en la región, el otro país contratante tendría la preferencia.

En 1872 el general Mariano Melgarejo que era Presidente de Bolivia y admirador de Chile, concedió a la Compañía Melbourne  y Clarke, que luego se llamó  «Compañías del Salitre y del Ferrocarril de Antofagasta, una extensa zona en Atacama para explotar minerales, sin pagar impuestos. La Compañía tenía socios  a ingleses y chilenos de los altos círculos políticos. En 1876 el general Hilarión Daza toma el poder con golpe de estado y el 14 de febrero de 1879,  creó un impuesto de diez centavos por quintal de salitre exportado, lo cual originó una generalizada protesta de los empresarios chilenos, la misma que fue amparada por su gobierno. Como las autoridades aduaneras bolivianos exigieron el pago del impuesto, los empresarios chilenos se quejaron de abusos y vejámenes.

Cuando se dio la disposición del impuesto, Daza escribió irresponsablemente al Prefecto del Departamento del Litoral, lo siguiente:

Tengo una buena noticia que darle. He fregado a los gringos accionistas de la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, decretando el 1° de febrero la reivindicación de las salitreras y no podrán  quitárnosla por más que se esfuerce el mundo entero. Espero que Chile no intervendrá en este asunto empleando la fuerza, su conducta con la Argentina revela de manera inequívoca su debilidad e impotencia, pero si nos declaran la guerra, podemos contar con el apoyo del Perú, a quien exigiremos el cumplimiento del tratado secreto»

Daza subestimó el poderío de Chile y por otra parte se mostró exigente y desafiante  con ese país confiado en el tratado secreto con el Perú de 1873. Hay que agregar que la diplomacia chilena en Lima desde 1873 tuvo copia del llamado «tratado secreto».

Los acontecimientos se precipitaron y desde el 14 de febrero Chile rompía sus relaciones diplomáticas con Bolivia y el mismo día, el ejército chileno ocupó sin ninguna resistencia el puerto de Antofagasta, y el pueblo en su mayoría chilenos, recibió a las tropas en forma delirante y de inmediato aparecieron banderas chilenas en todas las casas. Se dio el caso de que las tropas chilenas brindaron protección a la pequeña guarnición boliviana, porque el pueblo estaba enardecidos contra ellos. Antofagasta  ya nunca jamás volvería a Bolivia. Un chasqui llevó la noticia a Daza, pero como era carnaval el  Presidente,  guardó la noticia durante tres días y luego envió a Lima a un Embajador Extraordinario para exigirle al Perú el cumplimiento del tratado secreto.

El Perú en un esfuerzo desesperado por impedir la guerra envió a Chile a un Enviado Especial, don Juan Bautista Lavalle, el cual salió del Callao el 22 de febrero y arribó a Santiago el 4 de marzo. Lavalle encontró que tanto el pueblo como la prensa chilena eran totalmente contrarios al Perú, mientras que Bolivia casi era ignorada. Por desgracia, tanto en Chile como en el Perú había mucho elemento belicista, sobre todo el pueblo.

Lavalle tuvo la impresión que el Presidente Chileno don Aníbal Pinto y su Ministro Santa María eran partidarios, cuando menos aparentemente, que el problema se resolviera con un arbitraje. Pinto en especial mostraba buena voluntad pues era compadre del Presidente peruano Mariano Ignacio Prado. Las cosas iban bien encaminadas cuando en forma abrupta, sin consultar con el Perú, Daza declara la guerra a Chile el 14 de marzo de 1879. Esa noticia se conoció en Santiago de Chile cuatro días más tarde y los periódicos chilenos sacaron a relucir el tratado secreto y según decían la intención conjunta de Perú, Bolivia y Argentina de atacar a Chile. Ante es situación, pero sobre todo por la declaratoria de guerra de Bolivia, la misión Lavalle se dio por terminada, pues el 24 de marzo, Pinto exigía que el Perú declarase su neutralidad  El 4 de abril o sea,  en vísperas de la declaratoria de guerra, salía Lavalle en el mismo barco en que Piérola retornaba al Perú.

En marzo, Grau en un intento casi postrer de evitar la guerra, solicitó al Ministro  de Chile en el Perú, Joaquín Godoy, una entrevista que se realizó en el hotel Maury, haciéndole conocer que había hablado con el Embajador de Estados Unidos en Lima  y que ese país estaba dispuesto a interponer sus buenos oficios para lograr una solución pacífica de las diferencias. Pero ya la situación  se había deteriorado en demasía y lo que no sabía Grau, era que precisamente Godoy era del grupo belicista de Chile.

2.- Chile declara la guerra al Perú

Cuando el 14 de febrero Antofagasta fue ocupada por Chile,  hubo alarma en el Perú, que no solo movilizó sus fuerzas, sino que envió el l 7 de marzo, en el transporte “Limeña”, una fuerza al mando del Coronel Velarde, de 400 hombres que se acantonaron en Iquique y a los Cazadores de la Guardia con 385 soldados así como una batería con 4 piezas de artillería. La guerra se consideró inminente.

Por los espías que el Ministro Chileno Joaquín Godoy tenía en Lima,  conoció este envío de tropas y envió el 12 de marzo a su gobierno en Santiago, un detallado informe sobre la salida del transporte “Limeña” y le pedía su captura, pues decía que si Iquique era guarnecido, más tarde iba a resultar costosa y difícil su captura por el ejército chileno.

Se nombró como Comandante General del Departamento de Marina del Callao, al capitán de navío paiteño  José María García Seminario y se confirmó al contralmirante también paiteño, Antonio de la Haza como Comandante General de Marina.

 El 25 de marzo, es decir,  después de la declaratoria de guerra de Bolivia a Chile, es enviado al Sur el Batallón  Dos de Mayo con el coronel Belisario Suárez, el Batallón Zepita con el coronel Andrés Avelino Cáceres  y el Escuadrón Guías. Todo sumaban 1.500 hombres. Los gastos eran grandes. Cuando Chile ocupó todo el litoral boliviano, es decir el 1° de abril de 1879, salió del Callao el general ayabaquino Manuel González La Cotera  que se embarcó en el transporte «Chalaco»., llevando a los batallones Puno N° 6 y N°8,  así como  cuatro piezas de artillería. La Cotera llegó a su destino el 8 de abril o,  sea tres días después de declarada la guerra.  El “Chalaco” con La Cotera  burlaron  a los barcos chilenos que habían empezado a patrullar las costas de la provincia de Tarapacá.  Con los nuevos contingentes, las fuerzas peruanas en Tarapacá  totalizaban 3.500 hombres, los que quedaron bajo el mando de La Cotera. El contralmirante Montero, dejó el Senado para  trasladarse al puerto de Arica con la misión de artillarlo y hacerlo inexpugnable por mar, lo que cumplió a cabalidad.

Chile demandó del Perú que declarase su inmediata neutralidad y el Presidente general Mariano Ignacio Prado respondió que esperaría hasta el 24 de abril en que se reunía el Congreso, pero Chile no quiso esperar y el 5 de abril de 1879 declaró la guerra al Perú  y de inmediato su escuadra  bloqueó los puertos de la provincia de  Tarapacá.

LA GRAN FUGA

El jueves 18 de diciembre de 1879, alrededor de las 4 de la tarde, el presidente en ejercicio del Perú, Mariano Ignacio Prado, abandonó el país con rumbo a Panamá. Desertó de sus funciones tras ocho meses de fracasos en la guerra con Chile y en medio del correspondiente descontento popular. Usando el nombre falso John Christian (Perolari-Malmignati 1882, 291) fugó en el vapor-correo Paita, de la compañía inglesa Pacific Steam Navigation Company, cuya partida hizo demorar de las diez de la mañana a las cuatro de la tarde con el fin de posibilitar su embarque (Basadre 1968-70, VIII: 173). Prado huyó del país el día que cumplía 53 años de edad.

Mariano Ignacio Prado partió del Perú sin aviso previo y sin levantar sospecha que fugaría. Así lo informó el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos en el Perú, Isaac P. Christiancy, en comunicación al Secretario de Estado de los Estados Unidos, William M. Evarts. Durante la mañana y el mediodía del día 18 de diciembre, el presidente despachó como de costumbre en el Palacio de Gobierno, recibiendo el saludo de cumpleaños de funcionarios civiles y militares. A las 3:05 de la tarde abordó en la Estación de Desamparados el tren al Callao, en compañía del presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra Manuel González de La Cotera y de Adolfo Quiroga, ministro de Justicia e Instrucción. Cuando llegó al Callao, la gente que lo vio creyó que estaba de visita para inspeccionar el cuartel y fortificación del puerto.
Carta del embajador de EE.UU., Isaac P. Christiancy, al Secretario de Estado Evarts informando sobre la deserción del presidente Prado (Departamento de Estado de EE.UU. 1880, 819-820). Christiancy remarca que la resolución del Congreso utilizada por Prado para su viaje lo autorizaba a comandar los ejércitos peruanos en los países al sur del Perú (Bolivia y Chile). La misiva está fechada 23 de diciembre de 1879. Haga clic sobre la imagen para ampliarla en una nueva ventana.

EL PRETEXTO DE LA FUGA
Prado intentó justificar su salida del país basándose en la supuesta necesidad de efectuar personalmente en Estados Unidos y Europa las gestiones para la compra de armamentos y la adquisición de una escuadra.
En carta a sus amigos, fechada en Guayaquil el 22 de diciembre de 1879 y publicada en El Comercio seis días después, el presidente-desertor explicó las razones de su viaje. Indicó que los informes recibidos en Palacio de Gobierno desde Europa describían la rivalidad entre los agentes comisionados para la compra de los barcos de guerra, pugna que impedía la adquisición de la escuadra.
Escribió Prado que en su decisión de viajar influyeron las siguientes consideraciones: “1) Que mi presencia allí y lo que tenía que hacer no era tan esencial que no pudiera ser reemplazado por el vicepresidente, al paso que mi venida era de la mayor importancia porque lo que no hiciera yo no lo haría ningún otro. 2) Que no debía omitir esfuerzo ni sacrificio alguno para conseguir los elementos que necesitamos, mucho más no habiéndose conseguido hasta hoy y pudiendo acaso conseguirlos yo, usando de mi alta representación, plenas facultades y relaciones personales. 3) La oportunidad de poder reunir las personas y recursos para subordinarlos todos a mi voluntad a fin de alcanzar el objetivo que me propongo. 4) La de que con mi venida nada se arriesgaba ni perdía gran cosa, siendo así que ella podría proporcionarnos lo que hace tiempo buscamos para contrarrestar y vencer al enemigo”.
A pesar que con la retirada de Tarapacá, en noviembre de 1879, el Perú ya había perdido los yacimientos salitreros, Prado abusó de dicho argumento. Escribió en su carta –mañosamente– que se vio obligado a salir de improviso del Perú debido a la urgencia de entregar a los acreedores el guano y el salitre antes que los chilenos se apoderasen de ellos.
Finalmente, reconoció que se fue del país de manera encubierta para no ser apresado por los chilenos y “para evitar discusiones y opiniones cuyo resultado, en la excitación en que los ánimos se encuentran, hubiera podido contrariar mi marcha y originar bullas y escándalos”.
La versión de Prado sobre los motivos de su fuga fue confirmada en el Manifiesto a los hombres de bien escrito por su ministro de Hacienda José María Químper (Basadre 1968-70, VIII: 172-174).

LA SUPUESTA LICENCIA DEL CONGRESO PARA EL VIAJE DE PRADO

Mariano Prado defendió la viabilidad legal de su viaje acudiendo a la resolución del Congreso del 9 de mayo de 1879, en la que se le concedió “licencia al Presidente de la República para que, si lo juzga necesario, pueda mandar personalmente la fuerza armada y salir del territorio nacional”.
Dicha resolución fue adoptada en mayo de 1879 –a un mes y cuatro días de iniciada la guerra– cuando Prado y los parlamentarios suponían que bajo su mando directo –in situ– las fuerzas armadas del Perú realizarían un avance arrollador sobre el enemigo. Como Director de la Guerra, se daba por descontado que el falso “héroe del 2 de mayo” tendría que ingresar a los territorios de Bolivia y Chile, persiguiendo al enemigo en fuga. Es con ese fin exclusivo –comandar las fuerzas peruanas en el exterior– que el Congreso aprobó la salida de Prado del territorio nacional. Nótese, además, que la redacción del documento usa la expresión “salir del territorio nacional” y no la frase “viaje al exterior”.
Por las anteriores consideraciones puede afirmarse que el viaje de Prado asumió el carácter de deserción. El presidente recibió autorización del Congreso para “mandar personalmente la fuerza armada y salir del territorio nacional”. No recibió autorización para “salir del territorio nacional con el fin de comprar armamentos”.
Al fugar del país, Mariano Prado violó el artículo 95 de la Constitución Política del 10 de noviembre de 1860, que prescribía que el Presidente no podía salir del territorio de la República durante el periodo de su mando sin permiso del Congreso. El propio lector puede analizar la resolución del 9 de mayo de 1879, que se presenta a continuación:
Resolución del 10 de mayo de 1879 confiriendo licencia al presidente Prado para que, “si lo juzga necesario, pueda mandar personalmente la fuerza armada y salir del territorio nacional”. Haga clic sobre la imagen para ampliarla en una nueva ventana.



FALSEDAD DE LA JUSTIFICACIÓN DE PRADO

Resulta extraño que muchos peruanos hayan aceptado sin cuestionarla la excusa de la supuesta adquisición de armamentos usada por Mariano Ignacio Prado para fugarse del país. Como demostraremos a continuación, el argumento esgrimido por Prado no soporta el análisis más elemental.
En primer término, y por más servil a Prado que hubiera sido el Congreso de 1879, este organismo no podría haber aprobado una licencia para el viaje al extranjero del presidente con el fin de comprar armamento, estando el Perú envuelto en una difícil guerra. No era apropiado ni indispensable que el primer mandatario abandonase el territorio nacional. Por más desorganizado que hubiese estado el país, el Perú de 1879 contaba con personal diplomático, funcionarios civiles y militares, e inclusive empresas privadas que estaban responsabilizadas de sus adquisiciones bélicas, incluyendo las compras de urgencia.
En Estados Unidos, la principal empresa compradora de armas para el Perú fue la Casa Grace. En 1876, el presidente Prado nombró a W. R. Grace and Co. como agente oficial del Gobierno Peruano en San Francisco y Nueva York (De Secada 1985, 610-611). Se estima que entre mayo de 1879 y agosto de 1880, la Casa Grace adquirió armamento y material de guerra para el Perú por un importe mínimo de US$ 3,200,000. Entre el equipamiento adquirido se encontraban torpedos Lay, las lanchas torpederas Herreschoff, fusiles y municiones (De Secada 1985, 612-613). Por su lado, como enviado del gobierno, el capitán de navío Luis Germán Astete adelantó las gestiones para la adquisición de un blindado en Nueva York. Sin embargo, no obtuvo el financiamiento necesario (Basadre 1968-70, VIII: 67-70).

En Panamá, el agente oficial del Perú fue Federico Larrañaga quien contó con el apoyo de B. Mozley, superintendente del puerto de Panamá y hombre al servicio de la Grace. Furth  and Campbell, firma con sede en Panamá, también al servicio de Grace, era la autorizada para transportar los envíos. José Carlos Tracy, encargado de negocios del Gobierno en Washington y hombre de confianza de Prado, estaba al tanto de todos las adquisiciones clandestinas de armas efectuadas en los Estados Unidos para el Perú. En Londres, el agente financiero del Gobierno al cuidado de las compras fue José Canevaro; en Italia, el ministro Luciano Benjamín Cisneros (De Secada 1985, 611).
En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que Estados Unidos y los países europeos –a los cuales supuestamente se dirigía Prado– tenían la obligación de honrar su status de naciones neutrales en el conflicto entre Perú y Chile. Ello implicaba que ni Estados Unidos ni las potencias europeas deberían efectuar abiertamente venta de armas, municiones, pertrechos o naves militares a ninguna de las naciones en litigio.

Para efectuar las compras de armamento encargadas por el Gobierno, la astuta Casa Grace procedía en Estados Unidos de manera disimulada. Por ejemplo, una remisión de mil fusiles al Perú fue descrita por Grace en la factura comercial como “maquinaria agrícola”; los cartuchos para dichos fusiles fueron escondidos en el interior de barriles de manteca de cerdo. El envío de una lancha torpedera Herreschoff, de difícil detección nocturna, apareció en los documentos de embarque como si el comprador fuera la Compañía Cargadora del Perú, empresa satélite propiedad de la misma Grace, que usaría dicha lancha para la explotación del guano de las islas (James 1993, 129 y 132). Los torpedos eran embarcados camuflados dentro de rollos de hule que sólo tenían de ese material las hojas exteriores. Muchas veces, los transportes de Furth and Campbell creyeron estar llevando al Perú maquinarias e insumos, sin percibir que el contenido real de la carga eran armamentos y municiones. Sin embargo, el superintendente Mozley en Panamá siempre supo el contenido de la carga en tránsito a nuestro país (De Secada 1985, 611).
Si se considera la restricción vinculada a la neutralidad de las naciones fabricantes de armamentos, hubiera sido contraproducente para el país que su propio presidente se presentase personalmente en los mercados proveedores con el fin de adquirir armamentos. Tan torpe acción hubiera puesto en evidencia que las naciones vendedoras de material bélico estaban en tratos con el Gobierno del Perú, violando el principio de neutralidad al que deberían adherirse.

WILLIAM R. GRACE DESTRUYE LA COARTADA DE PRADO

Cuando Mariano Ignacio Prado llegó a Nueva York, uno de los antiguos “amigos” que acudió a recibirlo fue el negociante yanqui de origen irlandés William R. Grace (Basadre 1968-70, VIII: 174). En cartas de Grace fechadas en enero y febrero de 1880, este magnate –que construyó su fortuna sobre la base de negocios con los gobiernos peruanos– relató que Prado había llegado a la ciudad sin autoridad oficial y, lo que era peor, sin dinero para efectuar adquisición alguna. Textualmente, Grace escribió: “Al salir del Perú [Prado] no se llevó un gran fardo de dinero”. En esas condiciones, Mariano era inservible para cerrar nuevas transacciones con la Casa Grace. Por lo tanto, el siempre hábil William procedió a desviar a Prado hacia Europa, luego de tener con él “algunas cortesías” (James 1993, 135).

No está demás indicar que durante su estancia en el exterior –que duró hasta 1887– Mariano Ignacio Prado no efectuó ninguna adquisición de armamento para el Perú. A su regreso al país tampoco informó sobre los resultados de la supuesta misión compradora de material bélico que se autoimpuso.

Mariano Ignacio Prado privado de la ciudadanía peruana y condenado a degradación militar pública

El 22 de mayo de 1880, el presidente-desertor Mariano Ignacio Prado fue privado de la ciudadanía peruana y condenado a degradación militar pública como consecuencia de su “ignominiosa conducta y vergonzosa deserción y fuga”. Firmaron el instrumento legal Nicolás de Piérola, Jefe Supremo de la República, y Miguel Iglesias, Secretario de Guerra.

La condena de Prado no sólo fue la confirmación de un extendido sentimiento de repudio a su traición. Existe otro componente que acompaña el problema de la deserción pradista –el aprovechamiento personal del poder político– que fue percibido con claridad por la mayoría de observadores y formalizado por el ministro británico en Lima, Spencer St. John, en carta fechada el 22 de diciembre de 1879, dirigida al Marqués de Salisbury, Secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña.

Escribió el embajador: “El jueves 18 del presente el pueblo fue sorprendido al saber que el general Prado se había embarcado en el barco inglés de correo rumbo a los Estados Unidos… Su partida fue generalmente considerada como una huida vergonzosa... Siempre consideré que el general Prado no merecía en absoluto su cargo: en toda ocasión importante demostró una lamentable falta de coraje personal y es de destacar que el hombre conocido en el Perú como ‘el héroe del 2 de Mayo’, sea generalmente considerado como un cobarde consumado… La reputación financiera del general Prado va a la par con la de su coraje: todos los partidos lo acusan del peor sistema de expoliación” (Bonilla 1980, 188-189).
Decreto privando de la ciudadanía peruana a Mariano Ignacio Prado. En él también se le condena a degradación militar pública “tan pronto como pueda ser habido”. Haga clic sobre la imagen para ampliarla en una nueva ventana.

Es por la presencia de la corrupción señalada por Spencer St. John que puede calificarse como incompleto el decreto privando de la ciudadanía peruana a Mariano Ignacio Prado. Al gobierno de ese entonces le faltó ordenar una investigación internacional sobre el enriquecimiento ilícito del fugitivo. La fortuna que amasó Mariano Ignacio Prado estuvo vinculada en importante medida al uso del poder político en provecho personal, en una época de corrupción generalizada. Los recursos que logró captar don Mariano Ignacio alimentaron la acumulación originaria de capital para la conformación del Imperio Económico Prado, expresión por excelencia de la oligarquía que dominó el país durante las primeras tres cuartas partes del siglo XX.

OBRAS CITADAS

1.    Basadre, Jorge. 1968-70. Historia de la República del Perú. Lima: Editorial Universitaria, sexta edición corregida y aumentada, vol. VIII.

2.    Bonilla Heraclio. 1980. Un siglo a la deriva: Ensayos sobre el Perú, Bolivia y la guerra. Lima, Instituto de Estudios Peruanos.

3.    Caivano, Tomás. 1904. Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia. Iquique: Librería Italiana Baghetti Hermanos.

4.    Escribió además El Comercio: “Asombro, por no expresar indignación, ha causado en todos los círculos la partida del general Prado, quien con el alba, ocultando los alcances de tan deplorable conducta, en la mañana de ayer y a bordo de una fragata de bandera norteamericana, ha zarpado del puerto de Pisco, con rumbo a Europa. Las circunstancias de este censurable viaje, que ha contado con la permisión del congreso, no pueden dejar de considerarse en las actuales circunstancias que el país confronta una guerra, un acto de deserción de la primera autoridad nacional. Su condición de militar, además de general en jefe del ejército aliado, le obligaban a permanecer al frente de los destinos nacionales y no optar por la dejación de esos sagrados deberes, escudándose en el pretexto que su presencia habrá de favorecer los créditos en los Estados Unidos y en Europa, para adquirir las armas necesarias que urge la nación para la consecución de la guerra. Consideramos que, para el caso, suficiente garantía y solvencia moral la tienen las comisiones Althaus y Canevaro, designadas para atender este servicio y que ya se encuentran operando en esas plazas”.

5.    Debe notarse que El Comercio se equivoca al describir los pormenores de la deserción de Prado. Mariano no fugó de mañana, sino de tarde; no lo hizo en una fragata de bandera norteamericana sino en un vapor de bandera inglesa; no zarpó de Pisco sino del Callao. Que El Comercio, supuestamente el periódico mejor informado del país en esa época, se equivoque en la descripción de las circunstancias de la deserción de Prado, demuestra que la fuga desde Palacio rumbo al Callao, vía Estación de Desamparados, fue ejecutada de manera subrepticia.

6.    Departamento de Estado de los EE.UU. 1880. Papers Relating to the Foreign Affairs of the United States. Washington: Government Printing Office.

7.    De Secada, Alexander G. 1985. Arms, Guano, and Shipping: The W. R. Grace Interests in Peru, 1865-1885. En “The Business History Review”, Vol. 59, No. 4 (Invierno), Business in Latin America.

8.    James, Marquis. 1993. Merchant Adventurer. The Story of W. R. Grace. Wilmington: SR Books, p. 135. Las cartas son de W. R. Grace and Co. a Grace Brothers and Co. (26 de enero de 1880) y de W. R. Grace al capitán de navío de la Armada Peruana Luis Germán Astete (28 de febrero de 1880).

9.    Perolari-Malmignati, Pietro. 1882. Il Perú e I Suoi Tremendo Giorni (1878-1881). Milano: Fratelli Treves, Editori.




Fraternalmente
Luis Romero Yahuachi

lunes, 11 de febrero de 2013

SUSTITUTOS DE BENEDICTO XVI

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Uno de ellos puede convertirse en el próximo pontífice. El sustituto de Benedicto XVI. Una vez que el actual Papa ha anunciado su dimisión, se ha abierta la terna de candidatos que podrían ocupar su lugar. Según Reuters, estos son los 10 "potenciales Papas", aquellos que han sonado con más fuerza en los últimos meses para llegar al trono del Vaticano.

1.    Peter Turkson (Ghana): 64 años. Es el principal candidato africano y se encarga de la oficina de la paz y la justicia del Vaticano.

2.    Odilo Pedro Scherer (Brasil): Arzobispo de Sao Paulo de 63 años. Está considerado por los expertos como el candidato más fuerte de América Latina. Sin embargo, el avance del protestantismo en su país puede perjudicarle.



3.    Cristoph Schönborn (Austria): Arzobispo de Viena de 67 años, fue un antiguo alumno de Benedicto XVI.

4.    Angelo Scola (Italia): Arzobispo de Milán de 71 años. Varios expertos apuestan por él como favorito. Es experto en bioética, aunque su densa oratoria podría restarle opciones.

5.    Gianfranco Ravasi (Italia): 70 años. Ha sido el ministro de Cultura del Vaticano desde 2007 y es el representante de la Iglesia para el mundo del arte y la ciencia; algo que, según sus críticos le puede perjudicar si deciden nombrar Papa a alguien más experimentado.

6.    Marc Ouellet (Canadá): 68 años. Se encarga de dirigir la Congregación para los Obispos. El secularismo de Quebec, su ciudad natal, juega en su contra. Hace tiempo manifestó que ser Papa "sería una pesadilla".

7.    Luis Tagle (Filipinas): 55 años. Es uno de los candidatos más jóvenes. Ha sido una persona de confianza de Benedicto XVI, ya que trabajó con él en la International Theological Commission (Comisión Internacional Teológica). Su principal desventaja es que fue elegido cardenal en 2012 y los cónclaves suelen resistirse a elegir candidatos tan jóvenes.

8.    Timothy Dolan (Estados Unidos): 62 años. Tras convertirse en Arzobispo de Nueva York, pasó a ser la voz del Catolicismo norteamericano.


9.    Jorge Mario Bergoglio

Nació 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires en el seno de una familia modesta. El 11 de marzo de 1958 se unió al noviciado de la Compañía de Jesús.
Fue mencionado como uno de los prelados mejor posicionados para suceder a Juan Pablo II, siendo el principal rival de Ratzinger en el Cónclave de 2005. En marzo de 2013, Jorge Bergoglio fue uno de los dos cardenales argentinos que participan del cónclave para elegir al sucesor del Papa Benedicto XVI. 

10. Joao Braz de Aviz (Brasil): 65 años. Se ha alabado su gestión al frente del departamento de las congregaciones religiosas del Vaticano. Su bajo perfil puede ser su gran desventaja.






FRATERNALMENTE

LUIS ROMERO YAHUACHI

viernes, 1 de febrero de 2013

BATALLA DE FARSALIA

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La batalla de Farsalia se libró en Grecia el 9 de agosto, en el año 48 a.C. Los romanos se enfrentaban a las tropas de Julio César y Cneo Pompeyo Magno, en el contexto de la guerra civil que trajo la república romana en las manos de César. Veinte y dos mil cesáreas (mil de los cuales eran caballeros) se enfrentaron a unos 45.000 (cinco mil de los cuales eran caballeros) en la confrontación de Pompeya.
La batalla de Farsalia es la obra maestra de la táctica de César y presenta algunas particularidades que la han hecho objeto de estudio a lo largo de los siglos.

En primer lugar, los contendientes son dos "primeros espadas" romanos, los más destacados desde Cayo Mario sesenta años antes. En segundo lugar, la batalla de Farsalia es una batalla de romanos contra romanos, de legiones contra legiones, lo que la hace enormemente atractiva ya que en teoría existía una cierta igualdad táctica. En tercer lugar, es una de esas pocas batallas que realmente han cambiado el curso de la Historia.

LOS EJÉRCITOS

Aunque no es fácil conocer el número de efectivos de las tropas de las batallas de aquella época, ya que los vencidos tendían a exagerar la cantidad de soldados de los ejércitos enemigos, por los datos históricos disponibles, en este caso podemos hacernos una idea bastante aproximada. En la siguiente tabla se resume el contenido de ambos ejércitos:
CÉSAR
a) Caballería: Galos 600 Germanos 400. Total 1.000
b) Infantería: 23.000 Legionarios
c) Infantería auxiliar: Caballeria 400 Aliados 7.000. Total 7.400
TOTAL: 31.400

POMPEYO
a) Caballería: Aliados 7.000. Total 7.000
b) Infantería: 50.000 Legionarios
c) Infantería auxiliar: Hispanos 5.000 Aliados 4.200. Total 9.200
TOTAL: 66.200

LA BATALLA

Una vez formado su ejército, César dio inmediatamente la orden de atacar. Los legionarios avanzaron hacia las líneas pompeyanas que no se movieron. Cuando los cesarianos comenzaron a correr hacia ellos tampoco se movieron los pompeyanos, entonces tuvo lugar una de esas escenas para la Historia: los legionarios de César, espontáneamente, se pararon en su carrera, descansaron unos minutos, recuperaron el aliento y después siguieron avanzando hacia las líneas de Pompeyo. Era la reacción de un ejército veterano al que Pompeyo no iba a tomarle el pelo ni mucho menos. A medida que la distancia entre los ejércitos disminuía, César pudo hacerse una idea más clara de la situación. Su ala derecha, con la mítica Décima legión, no tendría problema en resistir el empuje enemigo y él mismo había colocado su puesto de mando tras ella, pero el ala izquierda estaba comprometida, ya que la formación de auxiliares tendría que enfrentarse no sólo a la infantería auxiliar pompeyana, sino a una legión, por lo que César delegó el mando de este ala a Marco Antonio, su mejor legado. Que César hiciera esto confirma que sus temores eran las alas y no el centro, ya que él siempre se colocaba en los lugares donde el peligro era mayor para poder acudir rápidamente, algo que aprendió en la batalla contra los nervios. Toda la clave de la táctica pompeyana era el ala derecha de César y por ello se situó allí, para estar cerca de la “cuarta línea” formada por las ocho cohortes.

La clave de la maniobra era "frenar" en seco a los jinetes pompeyanos, ya que si éstos conseguían pasar por el hueco formado por la Décima y la ladera del monte, toda la retaguardia cesariana estaría comprometida sin remedio. Si las ocho cohortes hubieran querido atacar a la caballería pompeyana está claro que ésta no se hubiera dejado, ya que la velocidad de un caballo al trote supera la carrera de un legionario y en cuestión de un par de minutos todos los jinetes podrían estar en la ribera del Eunipeo espoleando a sus monturas. No podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando a 7.000 jinetes en un espacio abierto y a éstos dejándose masacrar tan tranquilos. Así como tampoco podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando en línea con la caballería puesto que ello obligaba a la caballería a ir al mismo paso que los legionarios a fin de no dejar un peligroso hueco por el que los jinetes pompeyanos hubieran podido introducirse.

La clave de las ocho cohortes era impedir que la caballería pompeyana consiguiera flanquear el ala cesariana, por lo que lo más lógico es pensar que las ocho cohortes se situaron de la forma abajo expuesta, en línea, con los huecos entre manípulos abiertos para permitir el paso de la caballería propia.
De esta manera, las ocho cohortes forman un muro entre el flanco derecho de la Décima y la ladera del monte, así no hay posibilidad alguna de replegarse y reagruparse, ya que al este y al norte está el monte, al sur las ocho cohortes y al oeste dos ejércitos que se aproximan como una prensa en la que la caballería quedaría aplastada. Si la caballería de Pompeyo era rechazada sólo cabía huir ladera arriba, esparciéndose monte arriba en completo desorden. Es posible que estas ocho cohortes permanecieran ocultas detrás de la línea de legiones hasta el último momento para evitar que Pompeyo las detectara y se diera cuenta de la trampa, pero aunque hubiera sido así, una línea de tan escasa profundidad no hubiera inquietado a éste ni a Labieno que hubieran pensado en arrollarla fácilmente.

Mientras la caballería pompeyana cargaba contra la cesariana los infantes auxiliares de Pompeyo (infantería ligera, ya que toda la infantería auxiliar pesada pompeyana se hallaba en el lado del río) siguieron a sus jinetes esperando el momento de realizar el flanqueo y lanzarse contra la retaguardia de las legiones. Por ello, esta infantería no sólo había sobrepasado la línea trasera de sus legiones, sino que se hallaba justamente en el flanco de éstas. Si la maniobra de Labieno salía bien estarían en magnífica situación para correr a flanquear la línea cesariana... pero si salía mal, serían atropellados por su propia caballería en fuga.

Poco después los legionarios de César lanzaron sus lanzas y desenvainando sus espadas hispanas cargaron contra las líneas pompeyanas.

Los 1.000 jinetes de César a cuya cabeza se hallaban los 400 jinetes germanos, no fueron arrollados por los 7.000 pompeyanos, y seguro que los germanos tuvieron buena parte de la "culpa". Si los galos de Alesia, que conocían de sobra a estos gigantes se aterrorizaron al verlos ¿qué sentirían hombres que jamás habían visto a un gigante germano al verle lanzarse a la carga?... Pues de todo menos alegría. Además, entre los jinetes cesarianos se encontraban infantes que atacaban directamente a los jinetes pompeyanos desde abajo, lo que aumentó la confusión de éstos. Pero no duró mucho el susto ni la confusión, ya que los jinetes cesarianos volvieron grupas, los infantes que los acompañaban se agarraron fuertemente a las crines y colas de los caballos y rápidamente se alejaron a galope tendido hacia el sur. ¡Victoria! debieron pensar los aturdidos pompeyanos mientras se reagrupaban para cargar contra la caballería de César en retirada que se replegaba ordenadamente a través de los huecos dejados por los manípulos de las ocho cohortes.

El ataque de las ocho cohortes

El ataque de la caballería cesariana había frenado la carga pompeyana. Los germanos habían conseguido unos segundos de pausa preciosos, ya que ahora los pompeyanos dejaron pasar otros segundos más preciosos aún reorganizándose para embestir en línea. Esos segundos de desfase entre la pérdida de contacto y la carga fueron vitales para permitir que la caballería cesariana escapara por los huecos de las ocho cohortes que tras pasar el último jinete y el último infante ligero se cerraron en cuestión de pocos segundos formando así una línea continua entre el flanco derecho de la Décima y las laderas del Dogandzis. Si la caballería pompeyana quería pasar sólo podía hacerlo por allí, así que, confiada, cargó contra la delgada línea formada por las ocho cohortes.

César dice que fueron sus cohortes las que cargaron contra los jinetes pompeyanos. Es decir, que las ocho cohortes atacaron a los jinetes y no al revés. Efectivamente, cuando los jinetes pompeyanos llegan ante la línea cesariana, las ocho cohortes atacan como una muralla de escudos y pila móvil ante la que los jinetes de Pompeyo no pueden hacer nada salvo frenarse. Exactamente igual que les ocurrirá a los jinetes franceses en Waterloo cuando atacaron a los cuadros de infantería inglesa, solo que los cesarianos no permanecieron clavados en el suelo, sino que cargaron contra los jinetes. Y es que la caballería nunca ha podido vencer a una infantería disciplinada, conjuntada y, sobre todo, bien mandada que oponga un bloque sólido, un verdadero muro infranqueable. Si los jinetes de Pompeyo no pueden cruzar, evidentemente tienen que frenarse, y es en ese momento cuando las ocho cohortes atacan como un mazo a aquella gigantesca masa de jinetes cuyo factor primordial táctico, la potencia de carga, ha sido anulado por el frenazo al que han sido sometidos. Como una verdadera muralla, en orden cerrado, los legionarios cesarianos atacan ferozmente a los jinetes pompeyanos de la primera línea destrozándoles el rostro a lanzazos. Ante la inusitada violencia del ataque, el pánico se apodera de la segunda línea pompeyana que no tarda en reunirse con sus compañeros caídos. Los jinetes de las siguientes líneas vuelven grupas tratando desesperadamente de escapar de aquella mortal encerrona y se origina una oleada de histeria colectiva que partiendo de las primeras líneas no tarda en alcanzar las últimas. Los jinetes pompeyanos de las primeras líneas en el flanco izquierdo, que están más cercanos al monte, escapan de la trampa subiendo la ladera a galope. Y en ese momento todos sus compañeros pueden verles escapar monte arriba. ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos hemos detenido? debían preguntarse los jinetes de las últimas líneas, y de repente ven como su ala izquierda escapa ladera arriba, por el único camino posible. La huida de parte del flanco izquierdo de la caballería pompeyana posibilitará ahora a las cohortes cesarianas más próximas al Dogandzis atacar también de flanco a los jinetes pompeyanos que se enfrentan ahora a la posibilidad de quedar atrapados entre las ocho cohortes y la Décima legión cesariana por un lado y el monte y su propia infantería ligera por otro. Y entonces estalla el pánico generalizado. Los jinetes de las últimas líneas vuelven grupas y se lanzan contra su propia infantería ligera a la que atropellan en su alocada huida. La caballería cesariana no pierde el tiempo y emprende la persecución de los jinetes pompeyanos a los que irán cazando por grupos por las laderas del Dogandzis. Pompeyo observa boquiabierto la huida de sus jinetes, pero no puede hacer nada, ya que no ha previsto una reserva táctica. Sus legiones no sólo no pueden romper la línea cesariana, sino que los legionarios de César les están ganando terreno, infringiéndoles muchas más bajas de las que ellos pueden hacerles a su vez. Ahora Pompeyo se queda mudo de espanto cuando desde su posición en la ladera del Dogandzis ve claramente cómo las ocho cohortes atacan a su infantería ligera, que previamente había sido atropellada por su propia caballería. Las ocho cohortes cargan contra los infantes ligeros empujándolos hacia el flanco izquierdo de su propia línea de combate. El resultado es que la infantería ligera pompeyana es aplastada contra la legión de la izquierda pompeyana y masacrada por los legionarios de César que se abren paso hasta el mismo flanco de la línea de combate pompeyana sobre un mar de cadáveres para embestir la legión de su izquierda. En ese momento a Pompeyo sólo podía salvarle lo que ocurriera en la ribera del Eunipeo, pero allí Marco Antonio dirige con eficacia el ala izquierda de César donde los infantes auxiliares cesarianos se baten como leones contra los legionarios de Pompeyo, demostrando que un soldado bien preparado y mandado puede enfrentarse a cualquier enemigo, aunque sean legiones romanas.

Probablemente Pompeyo se aferró a una última esperanza: que su caballería consiguiera reagruparse y contraatacar. Pero los jinetes que regresaron no fueron los suyos, sino los de César, para cargar contra la retaguardia del ala izquierda pompeyana.
Un soldado no hay nada a lo que tenga más miedo que a quedar rodeado. Y no estamos hablando de Stalingrado, donde las líneas se extendían kilómetros y kilómetros. En Farsalia todo estaba a la vista y el momento definitivo fue cuando la caballería cesariana apareció para lanzarse contra la retaguardia del flanco izquierdo pompeyano. El propio Pompeyo huyó mudo de espanto a su campamento, seguido por toda su corte de optimates y dejando abandonados a sus hombres que quedaron a merced de sus errores y su prepotencia al pensar que la victoria era completamente segura. En ese momento las cohortes de la tercera línea de Pompeyo, que habían visto a su jefe huir, decidieron que no iban a dejarse matar por un general que les había dejado tirados y comenzaron la huida a la carrera hacia el campamento. Y la verdad es que ¿quién puede culparles de algo? Su propio jefe ya estaba a salvo en su lujosa tienda y ellos habían quedado sin mando y sin órdenes, y sobre todo, sin esperanza alguna en lograr la victoria, ya que ningún plan alternativo se había dispuesto.
 POMPEYO HUYE DEL CAMPO DE BATALLA 
El valor de la desesperada resistencia que trataron de oponer los pompeyanos ante su campamento queda reflejado por el hecho de que Pompeyo huye de él antes de que un sólo cesariano haya puesto el pie en sus terraplenes. Es César en persona quien dirige la acometida al campamento, lo que claramente demuestra su valor y su ansiedad. César pretende capturar a Pompeyo con vida y poner fin allí mismo a la guerra. No hace mucho Pompeyo había sido su amigo y había hecho feliz a su hija Julia. Y César no podía olvidar ni lo uno ni lo otro. Por lo tanto, la decisión de lanzarse espada en mano al frente de sus hombres al asalto del campamento tiene un motivo lógico e importante, pero es sumamente arriesgada. Alejandro Magno lo hizo en Tiro y ello sirvió para que sus hombres escalaran los muros con más brío. Y César, que sabía que sus hombres estaban muy cansados por el tremendo esfuerzo del combate, no dudó en arriesgar una vez más su vida poniéndose al frente de sus “muchachos”, consiguiendo de paso lo mismo que consiguió Alejandro: que sus hombres vieran redoblarse sus energías.

LAS BAJAS

César escribe en los Comentarios que tuvo 200 muertos por 10.000 pompeyanos. Parece una cifra muy baja la que nos da. ¿Miente César?. No, mentir no miente, pero evidentemente tampoco nos lo cuenta todo. Lo que ocurre es que en este caso "olvida" mencionar las bajas de los auxiliares y la caballería aliada.
CÉSAR
Total efectivos 31.400
Bajas 1.200           
% de Bajas 3,8
POMPEYO
Total efectivos: 66.200
Bajas 10.000
% de Bajas 15,1

CONCLUSIÓN
La batalla de Farsalia es una obra maestra en la que uno de los contendientes aprovecha en su propio beneficio las enormes ventajas tácticas del otro. Una obra de genios que tan sólo Alejandro, Aníbal, César y Napoleón conseguirán a lo largo de la Historia de manera tan rotunda, tan definitiva. De ellos, tan sólo Alejandro y César morirán invictos, triunfantes en la cumbre de su poder, demostrando que además de genios de la táctica fueron maestros de la estrategia. Frente al proyecto de Alejandro, diluido tras su muerte, César conseguirá dejar los cimientos del Imperio Romano listos para ser edificado. Farsalia fue el inicio del fin de la República, la batalla en la que se decidió que Roma se convertiría en un Imperio Universal como el que soñó Alejandro siglos antes y que ahora César iba a convertir en realidad.


Fraternalmente
Luis Romero Yahuachi